The Furious: la violencia como lenguaje
The Furious es la primera película dirigida en solitario por Kenji Tanigaki, conocido hasta ahora por ser coordinador de especialistas y/o coreógrafo de acción en películas como Raging Fire o La ciudad de los guerreros.
Si disfrutas de una buena melodía de hostias, peleas y combates implacables, esta película es el recital de puñetazos que promete ser. Un contundente y estilizado ejercicio de artes marciales que destaca por sus excelentes coreografías, su agresividad física y un clímax salvaje tan intenso como agotador.
The Furious es de esas cintas que no necesitan ser interpretadas, sino que necesitan, viven y respiran de la experiencia del espectador, buscando una conexión física que le haga agitarse en el sillón mientras observa una danza de porrazos, golpes y patadas que elevan su adrenalina a medida que se suceden las imágenes.
The Furious está disponible en Movistar+ y en alquiler en plataformas como Filmin o Prime Video
El arte de un buen combate
Más que una película de acción convencional, The Furious es una demostración de los límites del cuerpo que puede capturar un encuadre cuando quienes están detrás de la cámara conocen íntimamente las posibilidades de la violencia cinematográfica. La narración existe, por momentos, como una estructura necesaria para conducir a los personajes de un combate al siguiente, pero es en la acción donde la película encuentra su verdadero lenguaje y donde Tanigaki demuestra qué clase de cineasta quiere ser.
Tanigaki trabaja con una concepción casi arquitectónica de la acción. Los cuerpos ocupan el espacio, lo deforman y se sirven de él. Un enemigo puede convertirse en escudo, una pared en una superficie contra la que aplastar los cuerpos, un objeto cotidiano en un arma mortal y otro cuerpo en una extensión del propio movimiento letal. La violencia adquiere una visceralidad que invita al público a despojarse de cualquier pretensión intelectual para abrazar su estado más primitivo y sanguinario.
La forma en que la cámara captura el peso, la inercia y la gravedad de los cuerpos es uno de los grandes triunfos de la puesta en escena. Frente al montaje epiléptico y la cámara temblorosa de tantas superproducciones occidentales, Tanigaki apuesta por planos abiertos, tomas largas y una cámara en mano que se mueve en perfecta sincronía con los luchadores. La gravedad se convierte en una fuerza dramática más, y esa fisicidad brutal consigue atravesar la pantalla para hacer que el dolor termine golpeando también al espectador.
De qué trata The Furious
Es una película de acción hongkonesa dirigida por Kenji Tanigaki. Está protagonizada por Xie Miao, Joe Taslim y Yang Enyou. El elenco también cuenta con Brian Le, Joey Iwanaga, Yayan Ruhian y Jeeja Yanin.
La historia, deliberadamente elemental, sigue a Wang Wei, un inmigrante chino que descubre que su hija Rainy ha sido secuestrada por una organización dedicada a la trata de menores. En el camino se encontrará con Navin, un periodista cuya búsqueda de su esposa desaparecida le llevará hasta la misma red criminal. Hay villanos corruptos, policías que operan al margen de la ley, hombres aparentemente indestructibles y un protagonista cuyo pasado permanece deliberadamente oculto.
Pero esa familiaridad no termina jugando en contra de la película. A The Furious no le importan los clichés del cine de acción: su originalidad no reside en lo que cuenta, sino en la manera de contarlo.
Wang Wei, interpretado por Xie Miao, es un buen ejemplo. Es un personaje silencioso, casi espectral, cuya historia se nos revela menos mediante diálogos que mediante su comportamiento físico. Su pasado permanece en segundo plano mientras sus capacidades van ocupando progresivamente el centro del relato. Cada enfrentamiento aporta algo que un diálogo difícilmente podría expresar: sabemos quién es porque vemos cómo se mueve, cómo recibe los golpes, cómo los devuelve y, sobre todo, cómo utiliza el espacio que lo rodea.
En The Furious, el cuerpo sustituye a la palabra
Esta idea adquiere en manos de Tanigaki una dimensión mucho más trabajada. Las peleas no aparecen como paréntesis destinados a mantener entretenido al espectador mientras la historia avanza. Son la historia. El conflicto se desarrolla físicamente y cada combate modifica la relación entre los personajes, revela sus capacidades o transforma el escenario en el que se encuentran.
Hay en estas secuencias algo de la tradición del cine de artes marciales de Hong Kong, de la fisicidad de Jackie Chan y de la brutalidad que caracteriza al cine de acción asiático. The Furious recoge esos elementos para asimilarlos y reorganizarlos desde una sensibilidad contemporánea, entendiendo que la espectacularidad no depende de aumentar la violencia, sino de encontrar nuevas formas de hacerla sentir en pantalla.
Por eso resulta tan importante la puesta en escena. En un género donde el montaje acelerado se ha convertido en una solución habitual para ocultar las limitaciones de una coreografía, The Furious hace lo contrario. Quiere que veamos. La cámara acompaña la acción sin convertirla en un caos ilegible, y esa claridad permite apreciar el trabajo físico de los intérpretes y especialistas.
Un reparto de categoría
Joe Taslim, Xie Miao y Yayan Ruhian soportan el peso de la carga de demolición que supone la acción. Sus interpretaciones están asociadas a algunas de las secuencias de combate más memorables del género contemporáneo.
Uno de los aciertos más sutiles y efectivos de este precario andamiaje narrativo es la brillante decisión de privar del habla al protagonista. Que Wang Wei sea mudo añade una capa de frustración asfixiante a cada escena. Este déficit comunicativo funciona como un catalizador natural del conflicto: ante la imposibilidad de articular palabra, la única herramienta de negociación que le queda a este padre desesperado es el lenguaje de los puños. Toda la emoción de la película, la angustia, la rabia, el terror y el agotamiento extremo se exudan a través de la fisicidad del movimiento y del lenguaje corporal.
Es, sin embargo, en el diseño de sus combates donde la película abandona la categoría de simple entretenimiento para alzarse como una auténtica pieza de referencia dentro del género. Lejos de las peleas estandarizadas del cine de Hollywood, la cinta imprime a los enfrentamientos una cadencia musical, una respiración que rompe los esquemas rítmicos de la acción convencional. La acción se rige por un pulso imprevisible: acelera hasta el vértigo, se repliega de pronto, contiene el aliento y vuelve a estallar sin previo aviso. Esa respiración irregular mantiene los combates en un estado de permanente tensión y evita que la sucesión de enfrentamientos llegue a sentirse mecánica o rutinaria.
Cada enfrentamiento parece concebido como una pequeña pieza de ingeniería física, en la que el espacio, los cuerpos y los objetos forman parte activa de la coreografía. En ese sentido, la estructura de The Furious se aproxima por momentos a la de un videojuego de combate. La película avanza acumulando obstáculos hasta desembocar en un clímax que parece llevar esta lógica hasta sus últimas consecuencias.
El enfrentamiento final funciona porque condensa todo aquello que la película ha ido construyendo: el dominio del espacio, la resistencia llevada hasta el límite y la precisión quirúrgica de las coreografías. El agotamiento de los personajes parece filtrarse en los cuerpos de los intérpretes y, desde ellos, alcanzar al espectador. Cuando la secuencia llega a su fin, la sensación no es simplemente haber asistido a una pelea extraordinaria, sino haberla vivido en nuestra propia carne; como si cada golpe, cada caída y cada bocanada de aire hubieran dejado también su huella al otro lado de la pantalla.
Conclusión
Si nos detenemos un segundo a analizar su estructura puramente dramática, la película hace aguas por todas partes. Los diálogos rozan lo catastrófico, los momentos de supuesta calma emocional carecen del menor refinamiento, la policía está retratada con un nivel de incompetencia que bordea la parodia y los protagonistas absorben una cantidad de daño físico que resultaría letal para cualquier ser humano sobre la faz de la Tierra.
Pero la magia de The Furious reside precisamente en que, a los diez minutos de metraje, al espectador deja de importarle un carajo todo eso. La película es plenamente consciente de su naturaleza y no pierde ni un segundo tratando de aparentar lo que no es. Su propósito es canalizar la rabia paternal a través de un torrente inagotable de hostias, y lo ejecuta con un virtuosismo técnico que te mantiene irremediablemente pegado a la butaca.
Esa es, finalmente, la razón por la que la película resulta estimulante. No porque invente el cine de acción, sino porque encuentra una manera propia de expresar la violencia de las artes marciales. Una película profundamente física que entiende la acción como coreografía, la coreografía como narración y el cuerpo como principal instrumento dramático.
Una cinta que busca permanecer en la memoria a través de imágenes forjadas en sudor, sangre y adrenalina. Detrás de cada golpe existe una concepción precisa del cuerpo, del espacio y del impacto; una mirada sobre el cine de artes marciales que busca, más allá de la perfección técnica, un territorio nuevo y visceral para el cine de acción.
No te pierdas otras noticias como esta en mi sección: Críticas de cine y series de Carlos Trujillo.































