Crónica día 3 Festival de San Sebastián 2025

Crónica Festival San Sebastián 2025
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Nuevo día en mi Crónica del Festival de San Sebastián 2025. De vueltas con la identidad. ¿acaso no todas las películas van sobre la identidad? Pues sí, seguramente. Pero los periodistas culturales siempre andamos tergiversando los relatos para que encajen en nuestros esquemas mentales y poder hacer una teoría del todo que unifique las películas que vemos. Como hacen los historiadores o un tío optimista que sale a ligar en una discoteca, que se fija en las que le devuelven la mirada y no en el 99% restante. Y la estadística a freír espárragos.

¿Por dónde iba? La identidad, es verdad. Pues la identidad de una niña iraquí en perpetuo movimiento vital, la identidad de cuatro mujeres en torno al mundo de la moda de alto voltaje, la identidad de un pianista que vuelve a su hogar y se confunde con sí mismo cuando tenía 8 años; la identidad cuando pierdes lo que más amas y buscas refugio allí donde sientes amor; la identidad del extranjero que nunca dice la mentira y se ve cegado por el sol. Y así podría seguir tres domingos más.

Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa

Y al tercer día San Sebastián resucitó. Nada menos que en domingo. Y, valga la redundancia, con Los Domingos, la última película de Alauda Ruiz de Azúa ¿Coincidencia o señal? Juzguen por ustedes mismos, pero cuando se estrene en salas comerciales, vayan a verla porque es un milagro que algo así exista en nuestro cine.

Quien esté familiarizado con su trabajo anterior (Cinco Lobitos y la serie de Movistar+ Querer) no le cogerá por sorpresa el talento de la directora, pero no por ello debemos normalizar el riesgo y el resultado que aquí se consigue.

He tomado la decisión de no desvelar de qué va porque así fue como viví yo esta experiencia. Sé que hoy en día llegar virgen a una película es prácticamente imposible pero aquí no lo leerás. De nuevo una familia tendrá que enfrentarse a un hecho fuera de lo normal que le ocurre a uno de sus miembros.

Se pone a prueba la tolerancia del espectador y nos interpela como si se tratara de una clase de ética: “Y tú, ¿qué harías?” No existe una respuesta correcta, esto no se trata de una película de tesis ni de un panfleto moralista, sino de un espacio libre donde los personajes respiran y nunca son juzgados.

Aunque puedas tener tu postura con respecto al asunto, entiendes las motivaciones de cada personaje gracias en gran parte al trabajo actoral, que, de nuevo, es sobresaliente, como en todas las obras de Alauda. Tiene el talento de sacar lo mejor de ellos con unos textos sensibles y bien difíciles de defender.

Es sin lugar a duda la mejor película que he visto en lo que llevamos de festival. Un soplo de aire fresco entre alguna que otra propuesta almidonada. Alauda Ruiz de Azúa ha venido para quedarse, volviendo a demostrar que tiene el arrojo para meter la llaga en temas tabús de la sociedad española y explorar algo tan evanescente como el amor. Pero no es lo que te estás imaginando, a no ser que ya hayas leído la sinopsis. Sé que ahora mismo nada de lo que he escrito tiene sentido, pero tened fe.

La tarta del presidente

También hoy han resucitado los niños de Kiarostami, o al menos su espíritu en la película iraquí La tarta del presidente, en la que se cuenta las aventuras que vive una niña a la que le ha tocado por sorteo en la escuela hacer una tarta para el líder, Sadam Husein, el día de su cumpleaños.

Con la guerra frente a Estados Unidos todavía presente y un país sumido en la miseria, Lamia tiene que conseguir a modo de gymkana cada uno de los ingredientes para hacer la tarta a riesgo de recibir un castigo o la muerte para ella y su abuela, con quien vive en una marisma.

Conjuga una poética vagamente preciosista (los paseos en la barca) con el retrato y el compromiso social del neorrealismo italiano, lo que la une inevitablemente con el ímpetu de supervivencia y la dignidad moral de El ladrón de bicicletas.

Frente a un mundo hostil, la niña protagonistas sortea todos los peligros con agilidad y fortaleza acompañada de su gallina Hindi siguiendo el esquema de una película de aventuras o de una película de Pixar pero con un trasfondo no solo más real sino profundamente decadente en el que cada uno hace lo que puede para sobrevivir.

Couture

Y la virgen se me apareció. Su presencia llenaba la pantalla, literal y de manera figurada. El aura no se puede fingir. Lo que pasa que no era una virgen sino Angelina Jolie en su última película titulada Couture. Poco después se pasearía por la alfombra roja desatando la histeria colectiva en el pueblo llano. En Couture es una actriz americana que también dirige (ajam) y que viaja hasta París para dirigir los visuales de la inauguración de la Fashion Week.

Pero esta no es más que una de las historias que se cosen (haciendo alusión al título) en una suerte de fresco femenino alrededor del universo de la moda profesional que insiste en la sororidad como principio básico de supervivencia, de nuevo, en un mundo hostil.

Deux Pianos de Arnaud Desplechin

Termino el día con dos películas francesas. Deux pianos de Arnaud Desplechin, que por un momento parece flirtear con una idea de corte fantástico para decidirse por una telenovela quejica que se explica y se retuerce sin gracia viendo y escuchando a dos personajes torturados y arrepentidos de lo que pasó y lo que no pasó entre ellos.

El extranjero de François Ozon

Y El extranjero de François Ozon, una adaptación de la novela de Albert Camus ambientada en Argel. Es otra muestra de “cine francés” si nos atenemos al tópico que de él tenemos en España: lento y verborreico, pagado de sí mismo. Un personaje enigmático y hierático que no llora con la muerte de su madre y que mata a un árabe no sabe muy bien por qué, se ve sometido a juicio en el que se cuestionan sus motivaciones. Cómo me cuentan esta historia, no me produce otra cosa que sopor y ganas de volver a la lluvia que cae afuera. Espero que el libro esté mejor.

Las cabezadas en el asiento son numerosas, pero logro domarlas. Hasta que acaba la película, que ya me puedo abandonar al sueño placentero. Pero resulta que ahora no me puedo dormir. ¿Será el té verde que me he tomado por la tarde? No lo sé. Voy a contar ovejas. O mejor gallinas. O mejor voy a rezar. Para no tener sueño y que no se me cierren los ojos en las películas. Para que me toquen películas que me vuelen la cabeza y me hagan mejor persona. Para que el mundo sea un poquito mejor.

Puedes leer más noticias relacionadas y el resto de mi diario en el Festival de San Sebastián en nuestra sección: Noticias de cine.

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