Día raro, en lo personal, en lo climático y en lo cinematográfico. A la falta de sueño que acumulo de los primeros días se suma que ayer dormí solo 4 horas. Me dirijo al Kursaal como si ese paseíllo fuera el corredor de la muerte. Ver películas debería ser un disfrute, y en estos momentos se me está haciendo cuesta arriba. Las películas no tienen la culpa, el que tengo que dormir soy yo. Hacer parada en boxes y respetar los ritmos circadianos, que para eso alguien los creó. La lluvia, viene y va, como las buenas películas.
Día 4: Un poeta frustrado, un escarabajo que se duerme y un bebé lleno de color
Un poeta de Simón Mesa Soto
Se agradece por eso la vitalidad de una película como Un poeta, esperada obra de Simón Mesa Soto que ya llamara la atención en el pasado Festival de Cannes. Seguimos los pasos de un desgraciado hombretón, un niño grande que ganó un premio de literatura cuando era joven y pudo haberse convertido en un referente de las letras latinoamericanas, pero se quedó en pobre fantoche patético que vive con su madre y tiene una adicción al alcohol.
Se agradece que el director opte por una narrativa clara: en este caso el intento de volver a conectar con una hija adolescente a la que abandonó, y por otro, su relación con una niña de bajos recursos y familia desestructurada que escribe poesía y de la que hace de padre espiritual, replicando una figura paternal que nunca tuvo con su propia hija. La mala noticia es que son precisamente esas historias las que convierten este producto en algo ya visto y asumido y digerido por el espectador un poco versado en este tipo de relatos.
Es cuando el director confía en la autonomía del personaje y en su cara (que ya de por sí es graciosa) y lo apuesta todo a la comedia —se combinan aquí líneas hilarantes con humor corporal que es prácticamente slapstickv— que brilla la propuesta. Pero en cambio se empeña en ofrecer un contrapunto de drama serio y concienciado a cierto esperpento absurdo que puntúa las aventuras de este pobre infeliz. Y es en esa mezcla que se me corta la digestión y no acabo de disfrutar ni de una parte ni de la otra. Queda, aún así, un personaje carismático que no olvidaré con facilidad.
Franz de Agnieszka Holland
Ya me muevo con la inercia del zombie cinéfilo. Menos mal que para la siguiente película me tengo que mover poco porque la tengo en el cine de al lado, que está a medio minuto literal. Entro a ver Franz de Agnieszka Holland y bien sabe Dios que ni me quedé dormido ni me salí de la sala —como sí hacen otros periodistas estrella de este país que no voy a nombrar— como cualquiera en su sano juicio hubiera hecho. Y no por falta de ganas.
Posiblemente la peor película que he visto en estos días. Un ejercicio hagiográfico dispensable que no aporta demasiado para entender la figura del poeta checo, pero sí para perderse en un maremágnum de interpretaciones sosas y escenografía apolillada al servicio de una historia a la que le cuesta desprenderse de su tono academicista y rancio.
Y eso que lo intenta, mostrando a los personajes hablando a cámara y contando cómo era Kafka como si se hubiesen salido de sus personajes o saliéndose del relato para mostrar la mercadotecnia turística en el presente, contrastándolo con la vida pobre y trágica que vivió el escritor. Pero es que nada de todo esto consigue que el tedio cese y que deje de mirar el reloj. Por fin acaba y puedo dejar de fingir interés por lo que pasa en la pantalla.
Amélie et la Métaphysique des tubes
Mi acreditación como prensa me permite cancelar y coger películas a mi antojo, siempre que haya entradas disponibles, claro. Así que decido cancelar todas las películas de la tarde para tener tiempo de hacer los videos que me quedan para nuestro Instagram y TikTok y coger una película para la tarde que a día de hoy tiene la nota más alta en la encuesta que hacen todos los años para decidir el Premio del Público.
Y esa película es Amélie et la Métaphysique des tubes, una cinta de una animación preciosista, un híbrido entre el espíritu del estudio Ghibli y cierta tradición de la acuarela, que está narrada desde el punto de vista de un bebé y la manera que tiene de percibir y experimentar la realidad. Comienza con un estallido de colores y formas que te dejan con la boca abierta, pero ese primer destello de originalidad se va diluyendo (como la acuarela cuando le pones mucha agua) en un cuento iniciático y sensiblero sobre el poder de la amistad que carga demasiado las tintas en el componente melodramático e infantiliza las emociones.
Y puedo entender que el punto de vista es el de la niña y todo lo vemos a través de sus ojos, pero el tono ñoño y pasteloso que le imprimen las directoras, por no hablar del deje colonialista por la relación que tiene la niña con la criada japonesa, hacen que el atrevimiento formal palidezca ante ciertas soluciones conservadoras del guion.
Conclusiones
Día raro. De películas que no acaban de mostrarme el camino al éxtasis fílmico pero que se disfrutan también en la medida de lo que son. Los gustos son personales e intransferibles y no son inamovibles ni mucho menos. Y después de estas crónicas puedes llegar tú mismo a la conclusión de que un festival de cine no es el lugar ideal para ver películas y paladear cada una de sus notas. Pero yo decido quedarme con la cara de Ubeimar Ríos en Un poeta, con los estallidos de color lisérgico en Amélie et la Métaphysique des tubes y con el momento en el que aparecen los títulos de crédito de Franz. Sé el montador de tu propia vida. La vida puede ser maravillosa cuando decides quedarte con los mejores momentos.
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