San Sebastián en esta época del año es como una realidad paralela. Se parece mucho a esta realidad pero realmente no lo es. Como Matrix. Te tienes que fijar en los pequeños detalles para poder darte cuenta de las diferencias. Por ejemplo: la gente va vestida normal, de calle, pero todos llevan colgando del cuello unos cuadrados de plástico duro de diferentes colores llamados “acreditaciones” y los van enseñando para acceder a grandes edificios donde una azafata muy amable se los “lee” con una pistola pequeñita del futuro; vayas a donde vayas, en un bar, en la playa, en un banco, la gente no habla de la vuelta al cole ni de lo cara que está la cesta de la compra sino de la última película china que vieron ayer o de esa peli tunecina que de verdad que está muy bien; los periódicos no traen noticias de sucesos sino de estrenos cinematográficos y entrevistas con actores y directores; las colas no se hacen para comprar el pan o entrar en una discoteca sino para asistir a la proyección de una película nunca antes estrenada en salas.
DÍA 5: Un torero supersticioso, otra agente secreta y un amor islandés.
Todo parece normal, pero a tu lado, comiéndose un pintxo, puede estar el último actor de moda y tú sin enterarte. Parece que ya no va a llover y de repente cae una tromba de agua justo cuando estás grabando tu video para redes sociales. Esto igual ya es más personal. Todo parece algo que no es. Los temas de las películas se repiten, pero con otros ritos, con otras formas. Asistes a tantas pelis que las confundes, todo se acaba pareciendo entre sí.
Serie La suerte de Paco Plaza
El año pasado ganó la Concha de Oro Tardes de Soledad de Albert Serra, que cerraba el plano todo lo que podía sobre el rostro y los gestos del torero Andrés Roca Rey y su cuadrilla para vaciar el acto de torear de toda intención posible y devolver el poder al espectador. Lo suyo era un cine despojado de ideología.
En La Suerte, nueva serie de Paco Plaza, referente del terror en España, se busca en el mundo del toreo una aproximación mucho más lúdica y juguetona. Un taxista que va a hacer los 30 y vive con sus padres hace de taxista mientras está estudiando unas oposiciones que le puedan solucionar la vida. Una noche entra en una dimensión desconocida cuando tiene que llevar al hospital a un hombre que ha sufrido un ataque al corazón. Resulta que este hombre forma parte del séquito de un torero.
La fórmula es bien conocida: un personaje más bien sosaina se introduce en un mundo ajeno del cual no conoce las reglas, cual pez fuera del agua, y ahí surgen los malentendidos y la comedia. El tono oscila entre la verdad actoral de todos los secundarios —hay que destacar la composición de Carlos Bernardino como Jero, al que reservan las frases más desternillantes— y la astracanada marca España. El thriller nunca llega a explotar del todo, es más una salsa espesa que lo empapa todo. De lo que va la serie —que la pudimos ver entera en un pase especial de 3 horas— en el fondo, es del diálogo con el otro, siendo el otro un torero. Algo que en estos tiempos bien nos hace falta.
La serie de Paco Plaza La suerte se podrá ver en Disney+
Un fantasma en la batalla
Otra película que comparte el mismo tema que otra. Tras los primeros minutos de Un fantasma en la batalla resulta inevitable pensar en La infiltrada, ganadora del Goya a mejor película ex aequo con El 47. Aquella contaba un caso real y ésta te avisa en los títulos del inicio que podría ser una historia real pero no lo es.
Como en la película de Arantxa Echevarría, asistimos a la vida de una agente encubierta en la Organización Criminal ETA durante años con el objetivo de descubrir los zulos que tenía la banda terrorista en el sur de Francia. Todo lo que en La inflitrada era estéril y maniqueo aquí tiene brío y personalidad. Agustín Díaz Yanes, tras 8 años sin estrenar un largometraje, vuelve con un ejercicio de clasicismo bien ejecutado, con un don para colocar a los actores en el plano y hacerse notar lo justo con la puesta en escena, pero con ideas de guion brillantes como el código de las canciones italianas con las que se comunica la infiltrada con la Guardia Civil —ese Parole, parole de Mina como clímax narrativo— o la trama de las bolsas de basura.
Si a esto le sumamos unas interpretaciones sinceras y contenidas envueltas por una trama con ciertos giros pero que nunca grita, tenemos un gran producto. La misma historia prácticamente, contada por un director que sí se está haciendo las preguntas correctas y que sabe transmitirlo formalmente de una manera interesante. Para que luego digan que el contenido es lo importante.
The Love That Remains
The Love That Remains parece una película sobre una familia islandesa normal y corriente, pero según va avanzando su metraje, te das cuenta de que es muchas cosas más. Es el magma de lo absurdo, la concatenación de escenas delirantes sin mucha unión entre ellas más que la idea que da sentido a todo.
Metáforas sobre un cuerpo agonizante que es el amor: una Juana de Arco de nieve, un marinero a la deriva, un avión estrellándose, la venganza de un gallo violento, el proceso de creación de una obra de arte hecha de herrumbre… Todo para representar un romance que ya no es al compás de un humor extraño, casi extraterrestre —¿así será la comedia islandesa?—. Si esto te parece incoherente y deslavazado, prueba a ver la película.
Conclusiones
Vuelvo a la realidad. Vuelvo a mi hostal y hablo brevemente con un chico que está en el festival pero no ha visto ninguna película. Se abre otra realidad paralela. ¿Cómo es eso? Trabaja en una productora y ha venido por el mercado del cine. Entre tanto plano secuencia, tanto mensaje profundo, tanta discusión ontológica sobre el poder del cine, se me olvida que hace falta dinero para que las películas siquiera existan. El dinero es el mal en la Tierra, pero a veces el mal puede dar a luz a cierto Arte. En esa contradicción es donde me encuentro. En la brecha entre ambas realidades. El fallo en Matrix. El amor que permanece. Necesito dormir más, que ya estoy desvariando.
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