Crónica día 6 Festival de San Sebastián 2025

Crónica Festival San Sebastián 2025
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Seguimos con nuestro particular diario con las noticias del Festival de San Sebastián 2025. A estas alturas del festival, entras a la sala buscando la película que te va a cambiar la vida o al menos la película que te va a quitar el sueño. También te da por hacer cábalas sobre la que se llevará la Concha de Oro, que no tiene por qué ser ni tu favorita ni la del respetable público ni la de la crítica, sino la de siete personas que conforman el Jurado Oficial, este año presidido por J.A Bayona.

Día 6: Un hippie rockero, un ludópata empedernido, un niño que no tiene miedo y una lucha justa.

También pasa que algunos críticos se toman muy en serio esto del cine y si la película que gana no les gusta, se enfadan y patalean como niños pequeños a los que no les ponen sus dibujos favoritos. Los festivales, así como los premios, deben ser ante todo lugares de debate y celebración del cine, no trincheras solipsistas donde confirmar tu gusto y atacar a los otros porque no coinciden con los tuyos. Lo que quiero decir con esto es que haya amor.

Flores para Antonio

Y mucho amor es lo que transmite Flores para Antonio, el documental sobre Antonio Flores que han hecho Isaki Lacuesta y Elena Molina con la colaboración indispensable de Alba Flores. El documental tiene dos frentes abiertos: por un lado intenta hacer un recorrido pormenorizado de los hitos del cantante, hijo de Lola Flores, apoyándose en valiosos documentos de archivos, videos caseros de la familia, entrevistas con amigos y familiares y animaciones dinámicas en formato collage e imitando los dibujos que hacía el propio artista; y por otro es su hija, Alba Flores, quien lleva a cabo una búsqueda sobre quién era su padre -el cual murió por las drogas cuando ella no tenía más de 10 años- para poder cerrar su herida.

No voy a pasar por alto que existe cierta voluntad exhibicionista al decidir documentar este proceso en un documental y grabar las conversaciones que mantienes con tu familia paterna —los Flores— sobre la muerte de tu padre, pero también he de reconocer que esas heridas se muestran en pantalla con una honestidad y una sencillez abrumadora, tocando el tema de las drogas de frente y constatando que a Antonio flores “le dolía el mundo” y tras la muerte de su madre no pudo seguir en él. El descarnado testimonio de su mujer, en conversación con su hija, es de lo más poderoso de este viaje a las raíces de quienes somos que plantea más preguntas que respuestas, pero que emociona con cada latido.

Ballad of a Small Player

A Edward Berger lo conocí, como casi todos, supongo, con Sin novedad en el frente, la película que lo lanzó a la fama internacional y que consiguió 4 Oscars, incluido el de Mejor Película Internacional. El año pasado volvió a sacudir todos los premios con Cónclave, por su ritmo frenético, sus giros locos y la elegancia de su puesta en escena. A mí ambas películas no me dicen mucho. Son fórmulas repetidas ya por tantos cineastas modernos que no creo que aporten mucho al cine inventivo, por lo que fui con precaución a ver su última creación Ballad of a small player, adaptación de la novela homónima de Lawrence Osborne.

Un ludópata de baja moral, con más deudas de las que puede pagar en 7 vidas, zalamero y engreído, tiene una cuenta pendiente —o varias— en la ciudad del juego que es Macao. No quiero contar más porque esta es una película en la que un exceso de información podría estropear un poco la experiencia.

Es un relato que se pliega en dos donde un efectivo recurso de guion que nunca se explicita nos hace replantearnos todo lo visto. Pero aquí lo realmente rompedor es el torrente de imágenes para el recuerdo. En una fotografía muy contrastada y planos imposibles, bajo una banda sonora estridente que puntúa la acción como queriendo precipitarla y unos decorados entre lo kitsch y el bajo mundo, Colin Farrell ejecuta el papel de su vida, componiendo a un personaje deleznable pero perdedor, al fin y al cabo, que, como el Howard Ratner de Diamantes en bruto, no para de cometer las peores decisiones posibles en una huida hacia adelante descarnada y febril.

Aviso a fans: Se parece muy poco a las anteriores películas del director. Esto tiene más que ver con los últimos experimentos formales de Winding Refn (sobre todo Solo Dios Perdona) o con cierto aire en la fotografía al universo de Wong Kar Wai y Johnnie To. Yo me lo he pasado como un chiquillo, saboreando cada gesto de Colin Farrell, cada ademán esteta de la cámara, cada atisbo a salir del agujero, de huir de nosotros mismos y del mal del capital.

En el fondo eso es lo que plantea la película, y lo hace de la manera más directa y abstracta posible, abriendo una puerta al mundo espiritual, pero con un ritmo tan frenético como electrizante. A juzgar por el tibio aplauso recibido en la sala y las conversaciones que he tenido sobre la película, me da la impresión de que no ha gustado demasiado al público general.

Una película de miedo de Sergio Oksam

La atrevida propuesta de Sergio Oksman no es ni ficción ni documental. Es artificio disfrazado de realidad o quizás sea al revés. No estás nunca muy seguro. El punto de partida de «Una película de miedo» es más que estimulante: el propio director lleva a su hijo a un hotel abandonado donde supuestamente habitan fantasmas y hay una habitación en la que no se puede entrar. Los ecos explícitos a El resplandor son constantes. Lo que quiere conseguir el padre es que algo, lo que sea, le dé miedo a su hijo.

Lo que sigue es una sucesión de imágenes con una fuerza visual poderosa: en el hotel encantado, en los túneles del acueducto de Lisboa… todo ello aderezado con la voz en off del propio director que va narrando el experimento con su hijo y otras historias de miedo. El estilo recuerda a los documentales de León Siminiani, pero en este caso el dispositivo utilizado se agota pasada la media hora, y, tras los créditos, destacan un puñado de momentos entre pasajes más dispersos y reiterativos que sabotean todo el potencial de este film abocado a un público muy específico.

Belén de Dolores Fonzi

Belén, de Dolores Fonzi, es todo lo contrario. Es cine social con marcada impronta reivindicativa dirigido a que llegue el mensaje, a que cale su lucha. Y lo hace de manera ejemplar, con un elenco argentino excelente y un ritmo endiablado. Estamos ante una investigación judicial que no renuncia a puntuados alivios cómicos para hacer digerible los momentos más pesados en la dramaturgia.

Recuerda mucho a Argentina 1985. Este caso también está basado en un hecho real sucedido en Argentina. Se trata de la detención sin pruebas de una mujer acusada de realizarse un aborto ilegal. El fin último de la cineasta es que este tipo de injusticias no caigan en el olvido y no veo otra manera más efectiva que con un producto tan solvente y entretenido como éste.

Conclusión

Antes de acostarme decido pasarme un rato por la Fiesta de la Prensa, organizada en la Discoteca Bataplán, con tan mala suerte que justo cuando llego ya están sirviendo los últimos canapés y cerrando la barra libre. La pista de baile esta semi vacía mientras suena Bad Bunny. Me pido un gin-tonic intentando no pensar que en cuatro horas tengo agendado un documental observacional. Me intento animar, pero desisto. Vuelvo al hostal e intento no hacer ruido mientras me pongo el pijama y cojo mi neceser. Como no me duermo de inmediato, vuelvo a pensar en las películas del día que me han gustado.

Puedes leer más noticias relacionadas y el resto de mi diario en el Festival de San Sebastián en nuestra sección: Noticias de cine.

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